7ª MORADA

En esta séptima morada, pareciera que todo lo que hay que aprender acerca de la vida espiritual ya está dicho… pero no es así. Ahora empieza lo mejor de la vida, lo más sublime y hermoso que podemos alcanzar en esta existencia temporal, inserta en la eternidad.

 

Ahora, El Señor de los Cielos, ese Rey de reyes es el esposo de nuestra alma. Eso parece a la vez, sencillo, imposible o inclusive irrelevante, pero al contrario: es una realidad tan profunda y tan cierta  que nuestra vida se transforma en un permanente gozo espiritual.

 

Ahora, si hacemos una mirada retrospectiva a nuestra historia, podemos ver con claridad que todas las promesas de Cristo en su evangelio, se  cumplen en nuestro diario vivir.

 

En especial, la promesa hecha a la samaritana: “El que bebiere del agua que yo le daré, nunca jamás volverá a tener sed porque el agua que yo le daré vendrá a ser dentro de él un manantial  de agua que manará sin cesar hasta la vida eternaSan Juan 4, 13-14.

 

Nuestra vida se verá verdaderamente transformada, profunda en su sentido y en su felicidad. Nada nos ha de quitar la paz del corazón y a pesar de que continuamos inmersos en la vida temporal, la certeza de su presencia, cercanía, y socorro  nos garantiza que todo en nuestra existencia ha de salir bien.

 

Ahora toman sentido las palabras  de tantos santos que nos dicen desde sus experiencias, que nuestro corazón solo halla la plenitud en Dios.